¿Alguna vez has notado que después de una mala noche de sueño tienes menos paciencia, te preocupas más o reaccionas de una manera que normalmente no lo harías?
Quizá has experimentado cambios en tu estado de ánimo durante determinadas etapas del ciclo menstrual. O has atravesado un período de estrés en el que aparecieron molestias digestivas, tensión muscular, cansancio o dificultades para concentrarte.
También puede ocurrir lo contrario: recibir un diagnóstico médico, vivir con dolor persistente o experimentar cambios en nuestro cuerpo puede afectar profundamente nuestra seguridad, nuestras relaciones y la manera en que vemos el futuro.
Estas experiencias nos recuerdan algo fundamental:
Nuestra mente no funciona de manera independiente del resto del organismo.
Lo que pensamos, sentimos y hacemos está relacionado con el funcionamiento de nuestro cerebro, nuestras hormonas, nuestro metabolismo, nuestras experiencias, nuestros hábitos y el ambiente en el que vivimos.
Por eso, una atención verdaderamente integral de la salud mental necesita mirar más allá de los síntomas psicológicos.
No somos una mente dentro de un cuerpo
Durante mucho tiempo hemos hablado de la salud física y la salud mental como si fueran dos realidades completamente separadas.
Si una persona tiene palpitaciones, consulta al médico. Si experimenta ansiedad, acude al psicólogo. Si tiene dificultades para dormir, quizá busca una solución farmacológica.
Esta división puede ser útil para organizar la atención profesional, pero el ser humano no funciona de manera fragmentada.
Nuestro cerebro forma parte de un organismo que necesita energía, regula su temperatura, responde a las hormonas, mantiene ritmos biológicos y se adapta constantemente al ambiente.
Al mismo tiempo, ese organismo pertenece a una persona con recuerdos, aprendizajes, relaciones, responsabilidades, temores, deseos y proyectos de vida.
Todo ello interactúa.
Una persona no deja de tener cuerpo cuando entra a psicoterapia. Tampoco deja de tener pensamientos, emociones y preocupaciones cuando entra a una consulta médica.
El cerebro también depende del estado del organismo
Para pensar, recordar, prestar atención, tomar decisiones y regular nuestras emociones necesitamos un sistema nervioso que funcione adecuadamente.
Y ese sistema nervioso depende de múltiples procesos biológicos.
Hormonas y etapas de la vida
Las hormonas participan en la regulación de numerosas funciones, incluyendo el sueño, el metabolismo, la reproducción y distintos procesos cerebrales relacionados con el estado de ánimo.
Por eso, las transiciones hormonales pueden acompañarse de cambios emocionales en algunas personas.
La pubertad, el ciclo menstrual, el embarazo, el posparto y la transición menopáusica son ejemplos de etapas en las que pueden cambiar tanto las condiciones fisiológicas como las experiencias psicológicas y sociales.
Esto no significa que las hormonas determinen nuestra conducta, sino que pueden modificar nuestra vulnerabilidad o sensibilidad ante determinadas experiencias.
Metabolismo y disponibilidad de energía
El cerebro necesita un aporte continuo de energía para funcionar.
Las alteraciones importantes de la glucosa, la función tiroidea, el estado nutricional y otras condiciones médicas pueden afectar la atención, la energía, el sueño o el estado emocional.
Sin embargo, debemos evitar explicaciones demasiado simples. No toda tristeza se debe a una deficiencia nutricional, ni toda ansiedad es consecuencia de una alteración hormonal.
La evaluación debe considerar los síntomas, los antecedentes y las circunstancias particulares de cada persona.
Circuitos neuronales y aprendizaje
El cerebro cuenta con redes que participan en la detección de amenazas, la memoria, la atención, la interpretación de sensaciones corporales y la regulación de emociones.
Entre ellas intervienen estructuras y regiones como la amígdala, la ínsula, el hipocampo y diferentes áreas de la corteza prefrontal.
Estas redes no funcionan como botones aislados. Se comunican entre sí y están influidas por nuestras experiencias, aprendizajes y condiciones fisiológicas.
Por eso, una misma situación puede ser interpretada de manera diferente según nuestra historia, nuestro estado emocional y las condiciones en las que nos encontramos.
Un ejemplo cotidiano: el síndrome premenstrual y las relaciones de pareja
Imaginemos a una mujer que, durante determinados días previos a su menstruación, experimenta mayor irritabilidad, cansancio o sensibilidad emocional.
Quizá situaciones que habitualmente tolera sin dificultad comienzan a resultarle especialmente molestas.
Una conversación cotidiana con su pareja puede convertirse en una discusión.
Si desconoce la relación temporal entre sus síntomas y el ciclo menstrual, podría interpretar que su relación está empeorando o que ella simplemente es una persona irritable.
Sin embargo, al observar sus síntomas durante varios ciclos, puede identificar un patrón.
Este conocimiento puede ayudarla a comprender mejor lo que experimenta, comunicar sus necesidades y desarrollar estrategias de regulación emocional.
Conocer nuestra biología no significa justificar todas nuestras reacciones ni negar los problemas reales de una relación. Significa disponer de más información para comprendernos y responder de manera consciente.
Además, cuando los síntomas premenstruales son intensos o afectan significativamente la vida cotidiana, puede ser necesaria una evaluación para distinguir entre síndrome premenstrual, trastorno disfórico premenstrual u otras condiciones.
La psicoterapia y la atención médica pueden complementarse cuando corresponde.
Otro ejemplo: salud cardiovascular, sexualidad y bienestar emocional
Pensemos ahora en un hombre de 45 años que comienza a experimentar dificultades para mantener una erección.
Quizá siente vergüenza, evita la intimidad o interpreta que está perdiendo atractivo ante su pareja.
La situación comienza a generar ansiedad anticipatoria, inseguridad y conflictos en la relación.
Desde una perspectiva exclusivamente psicológica podríamos explorar sus pensamientos, emociones y dificultades de comunicación.
Pero sería insuficiente ignorar que la disfunción eréctil también puede relacionarse con factores vasculares, metabólicos, hormonales, medicamentos y otras condiciones de salud.
La hipertensión arterial, la diabetes y determinados factores de riesgo cardiovascular pueden ser relevantes, aunque su presencia no demuestra por sí sola la causa del problema.
Una evaluación médica apropiada, acompañada de atención psicológica cuando se necesita, permite comprender mejor la situación.
Este ejemplo muestra cómo un problema que parece afectar principalmente la relación de pareja puede involucrar simultáneamente aspectos físicos, emocionales e interpersonales.
Y también puede ocurrir lo contrario: el estrés, la ansiedad de desempeño o los conflictos de pareja pueden contribuir a dificultades sexuales sin que exista una enfermedad orgánica que las explique por completo.
Nuestros hábitos diarios también participan en la salud mental
Cuando hablamos de salud mental solemos concentrarnos en lo que pensamos o sentimos.
Pero ¿qué ocurre con aquello que hacemos todos los días?
Nuestros hábitos crean condiciones que pueden favorecer o dificultar el bienestar psicológico.
No se trata de afirmar que una persona puede resolver cualquier problema emocional simplemente cambiando su estilo de vida. La depresión, los trastornos de ansiedad y otras condiciones de salud mental son complejos y no se explican únicamente por decisiones personales.
Sin embargo, existen aspectos cotidianos que merecen atención.
El sueño: mucho más que descansar
Dormir es una necesidad biológica.
Durante el sueño ocurren procesos relacionados con la memoria, el aprendizaje, la regulación fisiológica y el funcionamiento emocional.
Cuando dormimos insuficientemente, podemos experimentar mayor irritabilidad, dificultades de concentración, menor tolerancia a la frustración y una mayor sensibilidad al estrés.
Pensemos en una persona que durmió cuatro horas y al día siguiente enfrenta una discusión laboral.
Quizá interpreta un comentario ambiguo como una crítica, responde impulsivamente o tiene mayores dificultades para considerar otras explicaciones.
El problema no necesariamente comenzó en el trabajo. Su falta de descanso puede haber influido en cómo procesó la situación.
Esto no elimina su responsabilidad sobre la respuesta, pero permite comprender mejor qué factores participaron.
Alimentación y salud cerebral
Nuestra alimentación influye en el estado nutricional, la regulación metabólica y diferentes procesos fisiológicos.
Una alimentación suficiente, variada y adecuada a nuestras necesidades favorece la salud general y puede contribuir al bienestar psicológico.
También es importante reconocer que la relación entre alimentación y emociones funciona en ambas direcciones.
El estrés puede modificar el apetito y las decisiones alimentarias. A su vez, los patrones de alimentación pueden influir en la energía, el sueño y otros aspectos del funcionamiento cotidiano.
Pero debemos evitar mensajes simplistas como que determinados alimentos curan la depresión o que existe una dieta capaz de eliminar la ansiedad.
La alimentación forma parte del cuidado integral, no sustituye los tratamientos psicológicos o médicos necesarios.
Movimiento y actividad física
Nuestro cuerpo está preparado para moverse.
La actividad física regular se asocia con beneficios para la salud cardiovascular, metabólica y mental, y puede contribuir a reducir síntomas de ansiedad y depresión.
También ofrece oportunidades para experimentar sensaciones corporales de manera saludable, mejorar la percepción de capacidad personal y desarrollar rutinas.
No todas las personas necesitan realizar ejercicio intenso. La actividad debe adaptarse a la edad, las condiciones médicas y las posibilidades individuales.
Lo que vemos y consumimos digitalmente
Hoy estamos expuestos a cantidades enormes de información.
Noticias alarmantes, comparaciones sociales, discusiones, contenido violento, mensajes laborales fuera de horario y estímulos constantes pueden influir en nuestra atención, emociones y descanso.
Esto no significa que las pantallas sean inherentemente perjudiciales.
Importan el contenido, el tiempo, el contexto y la relación que establecemos con ellas.
Por ejemplo, una persona que revisa constantemente noticias sobre enfermedades puede aumentar su preocupación por la salud. Otra que utiliza el teléfono hasta altas horas de la noche puede desplazar horas necesarias de sueño.
Cuidar nuestra salud mental también implica observar qué experiencias alimentamos repetidamente con nuestra atención.
Cafeína, alcohol, nicotina y otras sustancias
La cafeína puede favorecer el estado de alerta, pero en cantidades elevadas o en personas susceptibles puede aumentar las palpitaciones, el temblor, la inquietud y las dificultades para dormir.
El alcohol puede producir una sensación inicial de relajación, pero también puede alterar el sueño y empeorar problemas emocionales.
La nicotina y otras sustancias pueden influir en los sistemas de recompensa, la activación fisiológica y el estado de ánimo.
Por ello, preguntar por su consumo no debería considerarse un detalle secundario dentro de una evaluación psicológica.
El estado de nuestro cuerpo puede influir en cómo interpretamos la realidad
Este es uno de los aspectos que considero más interesantes.
No percibimos el mundo como si fuéramos observadores completamente neutrales.
Nuestro cerebro interpreta constantemente lo que sucede utilizando información del ambiente, recuerdos, aprendizajes, expectativas y señales del propio organismo.
Imaginemos que recibes un mensaje de tu pareja que dice:
“Después hablamos”.
Un día en el que has descansado bien y te sientes tranquilo, quizá pienses:
“Seguramente está ocupado”.
Pero en un momento de agotamiento, estrés intenso o elevada ansiedad podrías interpretar:
“Está molesto conmigo. Algo malo sucede”.
El mensaje es exactamente el mismo.
Lo que cambia es el contexto desde el cual lo interpretas.
Esto no significa que las emociones sean solamente reacciones biológicas. Las experiencias previas, las creencias sobre nosotros mismos y nuestras relaciones también influyen.
Lo importante es comprender que nuestro estado fisiológico y nuestra historia psicológica pueden interactuar en la manera en que damos significado a la realidad.
Y esas interpretaciones influyen posteriormente en nuestras decisiones, conductas y relaciones.
Pero no todo sufrimiento tiene una explicación biológica
Hasta aquí hemos hablado de hormonas, metabolismo, circuitos neuronales y hábitos.
Sin embargo, una visión integral estaría incompleta si intentáramos explicar toda experiencia humana únicamente desde la biología.
Hay dolores que nacen de una pérdida.
De una relación que terminó.
De sentirse rechazado.
De vivir una injusticia.
De experimentar soledad, culpa, frustración o una profunda falta de sentido.
Hay personas cuyos estudios médicos son normales, que duermen adecuadamente y mantienen hábitos saludables, pero que atraviesan un sufrimiento emocional intenso.
No todo dolor necesita una explicación hormonal, metabólica o neurológica para ser legítimo.
A veces, lo que duele es nuestra historia.
O nuestras relaciones.
O la distancia entre la vida que tenemos y aquella que deseábamos construir.
También existen preguntas sobre el sentido, los valores, la identidad y la dimensión espiritual de la experiencia humana que merecen ser escuchadas con respeto, según las creencias de cada persona.
La psicoterapia no debería reducir todo esto a una alteración química ni intentar resolver cada experiencia dolorosa mediante una recomendación sobre alimentación, sueño o ejercicio.
Hay momentos en los que lo que una persona necesita es ser escuchada, comprender lo que ha vivido, elaborar una pérdida, revisar sus creencias o encontrar nuevas maneras de relacionarse consigo misma y con los demás.
¿Qué significa realmente una atención psicológica integral?
Una atención integral no significa que el psicólogo deba diagnosticar o tratar todas las enfermedades médicas.
Tampoco significa solicitar análisis de laboratorio a todas las personas que consultan por ansiedad o depresión.
Significa reconocer que los síntomas psicológicos pueden estar relacionados con diferentes dimensiones de la vida y que comprenderlas requiere curiosidad clínica, conocimiento y prudencia.
Un profesional de salud mental debería poder explorar no solamente qué piensa o siente una persona, sino también cómo está durmiendo, qué medicamentos utiliza, si existen condiciones médicas relevantes, qué hábitos mantiene y qué cambios vitales atraviesa.
Debería reconocer cuándo una situación necesita valoración médica y cuándo corresponde profundizar en experiencias emocionales, relaciones, pensamientos o conductas.
Y, sobre todo, debería comprender los límites de su propia formación y trabajar con otros profesionales cuando sea necesario.
Mientras más amplia y fundamentada sea nuestra comprensión de la persona, mayores posibilidades tendremos de formular preguntas pertinentes y ofrecer una atención adaptada a sus necesidades.
La persona es mucho más que un diagnóstico
Una persona con ansiedad no es solamente un conjunto de pensamientos catastróficos.
Una persona con depresión no es únicamente alguien con tristeza o falta de motivación.
Y alguien que vive con una enfermedad crónica no puede reducirse a sus resultados de laboratorio.
Cada persona tiene un organismo, una historia, una manera particular de interpretar la realidad, relaciones significativas, valores y circunstancias que influyen en su bienestar.
Por eso considero que una buena atención en salud mental debe combinar el conocimiento científico con una comprensión profundamente humana.
No se trata de buscar una causa biológica para todo ni de interpretar cada síntoma físico como una manifestación emocional.
Se trata de comprender a la persona con la mayor amplitud posible, sin perder de vista aquello que la hace única.
Medicina y Psicología Clínica: mi manera de comprender la salud mental
Soy la Dra. Ana Girón, Médica y Cirujana con 16 años de experiencia clínica y Licenciada en Psicología Clínica, con formación en Medicina de Estilo de Vida y Terapia Cognitivo-Conductual.
Mi trayectoria profesional me ha permitido acercarme a la salud desde diferentes perspectivas.
La Medicina me enseñó a comprender el funcionamiento del organismo, reconocer enfermedades y valorar la importancia de una evaluación clínica cuidadosa.
La Medicina de Estilo de Vida amplió mi comprensión del papel que desempeñan nuestros hábitos cotidianos en la salud.
Y la Psicología Clínica me permitió profundizar en nuestros pensamientos, emociones, aprendizajes, experiencias de vida y relaciones.
Estas áreas de conocimiento no compiten entre sí.
Se complementan.
Actualmente, mi práctica psicológica se orienta especialmente al acompañamiento de personas que experimentan ansiedad, depresión, ataques de pánico, síntomas físicos relacionados con la ansiedad y dificultades de regulación emocional.
Mi propósito es ofrecer una atención respetuosa, basada en evidencia y sin prisas, donde exista tiempo para escuchar, comprender y educar al paciente.
Porque considero que para ayudar a una persona no basta con conocer sus síntomas.
Necesitamos comprender, tanto como sea posible, a la persona que los está experimentando.
Psicología Clínica en San Cristóbal, Mixco, Guatemala
Brindo atención psicológica presencial en WiseMed, Ciudad San Cristóbal, Mixco, así como psicoterapia virtual en Guatemala.
Si deseas conocer más sobre mi enfoque de atención, puedes visitar mi página profesional:
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